Flor Pucarina, la voz de los Andes que lloró por una tierra que nunca dejó de discriminarla
Considerada la máxima exponente y “Faraona del Cantar Huanca” en la historia de la música andina peruana, Leonor Chávez Rojas nació en Pucará (Junín) y conquistó Lima cantando al desamor, la pobreza y la vida migrante, convirtiéndose en gran divisa del folclore del centro.
Flor Pucarina, durante una entrevista para el diario El Peruano luciendo la indumentaria del centro andino, kotón negro, polleras bordadas, la lliclla y el sombrero que la acompañaron dentro y fuera de los escenarios.
Hubo un tiempo en que los hijos de la sierra llegaban a Lima con una maleta pequeña, el miedo en el pecho y la humillación esperándolos en cada esquina. Eran los años en que el Perú oficial despreciaba el quechua u otra lengua original, se burlaba de la pollera y miraba con sospecha el rostro cobrizo de quienes bajaban de los Andes o de la Selva buscando sobrevivir. En medio de esa ciudad hostil apareció una mujer que cantó el dolor de todos ellos con una fuerza imposible de olvidar, Flor Pucarina.
Nacida como Leonor Chávez Rojas el 21 de septiembre de 1935 en Pucará, creció marcada por la pobreza y la pérdida temprana de sus padres. Desde niña conoció el abandono y el sacrificio. Tal vez por eso, cuando cantaba, parecía hacerlo desde una herida abierta. Además de los huaynos, mulizas o santiagos, interpretaba la tristeza del migrante, la rabia del desprecio y la nostalgia de quien deja su tierra para sobrevivir en una capital que lo rechaza.
En los barrios populares de Lima su voz se volvió refugio. En La Parada, entre cantinas, mercados y bares llenos de provincianos, Flor Pucarina era mucho más que una cantante, era orgullo, memoria y resistencia.
Allí donde los cargadores, comerciantes y trabajadoras domésticas intentaban reconstruir una vida lejos de sus pueblos, sus discos de 45 rpm y sus long plays sonaban como una patria portátil. No había hombre o mujer andina que no tuviera una canción suya acompañando tanto, las penas de la noche como la alegría de los domingos y feriados.
Mientras el sistema la marginaba por indígena, provinciana y mujer, las disqueras hicieron fortuna con su voz. El Perú que discriminaba a los serranos compraba millones de discos de aquella mujer que representaba precisamente a los serranos que decía despreciar. Esa contradicción cruel resume buena parte de nuestra historia nacional: consumir la cultura andina al par de humillar a quien la crea.
Flor Pucarina rompió barreras en una época en que el folclore era visto por las élites como un arte menor. La llamaron “La Incomparable”, “La Reina del Centro” y, con justicia, “La Faraona del Cantar Huanca”. Su interpretación de “Ayrampito” alcanzó cifras históricas y convirtió a la cantante en un fenómeno popular pocas veces repetido en el Perú. Pero más importante que las ventas fue el vínculo emocional que construyó con un pueblo entero. Su voz era un consuelo colectivo para quienes soportaban racismo, explotación y soledad en la capital.
Cada canción parecía denunciar el sufrimiento de la mujer andina, el desprecio social, la pobreza y el abandono estatal. Flor Pucarina no necesitó discursos políticos, bastaba escucharla para entender la fractura profunda entre el Perú oficial y el Perú popular.

Con el paso de los años, la dureza de la vida fue quebrando su salud. Murió en Lima el 5 de octubre de 1987, apenas a los 52 años. Sin embargo, el pueblo le regaló una despedida que pocos artistas han recibido. Más de cuarenta mil personas acompañaron su entierro entre lágrimas, cantos y huaynos. El adiós a una cantante, era el adiós a una mujer que había convertido el sufrimiento de millones en música inmortal.
Hoy, décadas después, Flor Pucarina sigue viva en las radios populares y redes sociales, en los mercados, en las fiestas patronales y en la memoria sentimental del Perú andino. Su legado recuerda que la dignidad también puede cantarse. Y que, aunque el racismo intentó desgastarla lentamente, jamás pudo apagar la voz de una mujer que hizo llorar y levantarse a todo un pueblo.



