Nadie está libre de ser atropellado
Motos, bicicletas, patinetas y mototaxis invaden pistas y veredas sin control. La falta de fiscalización y el incumplimiento de las normas convierten cada recorrido peatonal en un riesgo cotidiano.
Semblanza
Caminar por el centro de Lima se ha convertido en un ejercicio de permanente alerta. Ya no basta con mirar antes de cruzar una calle. Hoy también hay que estar atento a quien aparece por la vereda, circula en sentido contrario o irrumpe a toda velocidad desde una zona destinada exclusivamente para peatones. Motos lineales, mototaxis, bicicletas y patinetas eléctricas comparten espacios sin respetar las reglas básicas de convivencia vial.
La situación refleja un preocupante vacío de autoridad. Mientras los accidentes se multiplican, la Municipalidad Metropolitana de Lima y la Policía Nacional parecen reaccionar solo cuando ocurre una tragedia. En muchas calles peatonales del Cercado de Lima no existe una señalización clara que impida el ingreso de vehículos menores, lo que facilita que circulen de ida y vuelta entre los peatones como si se tratara de una vía cualquiera.
El contraste con otros distritos es evidente. En Miraflores, por ejemplo, existen señalizaciones y restricciones visibles que prohíben el tránsito de bicicletas y otros vehículos en determinados espacios, como la berma central de la avenida José Pardo. La diferencia demuestra que, cuando hay voluntad de ordenar el espacio público, es posible reducir los riesgos.
Circular en sentido contrario, invadir veredas o desplazarse por zonas exclusivamente peatonales constituye una infracción a las normas de tránsito y pone en peligro la integridad de quienes caminan. Sin embargo, la escasa fiscalización alimenta la sensación de impunidad.
A ello se suma otro problema: la responsabilidad posterior al accidente. No son pocos los casos en que el conductor o usuario del vehículo se muestra apenado por lo ocurrido, pero luego desaparece sin asumir los daños físicos, económicos o emocionales ocasionados a la víctima. Quienes resultan atropellados deben enfrentar tratamientos médicos, procesos legales y gastos inesperados, muchas veces sin recibir reparación alguna.
Un caso que aún permanece en la memoria ocurrió hace tres años en San Isidro, cuando una joven que se desplazaba en una patineta atropelló a una ama de casa, causándole graves lesiones. El episodio dejó abiertas muchas interrogantes sobre la responsabilidad asumida por la conductora y el apoyo que recibió la víctima.
La movilidad sostenible no puede convertirse en sinónimo de desorden. Promover el uso de bicicletas o patinetas es positivo, pero exige educación vial, infraestructura adecuada y una fiscalización permanente. El derecho a desplazarse termina donde comienza el derecho del peatón a caminar con seguridad. Porque, al final, nadie está libre de ser atropellado.
La invasión de veredas y zonas peatonales por vehículos menores ha convertido el simple acto de caminar en una actividad de riesgo cotidiano.



