Valga la repetición, el neoliberalismo y antes el capitalismo, que en buena cuenta ambos son los mismos y así resultarán si nos proyectamos a hacer una analogía con las modas y las estaciones; la industria farmacéutica, alcohólica o bélica y la salud humana. Los primeros siempre se bastan, pero irracionalmente quieren más, exigen la salud, tanto de los humanos como del planeta.
Esta irracionalidad se funda en el consumismo y en la subjetividad trabajada desde el alba de los medios masivos de comunicación y propaganda, cuando sus dueños comprendieron la tonelada que imprimía la tinta en una frágil página contra un opositor al que podían aplastar, y más tarde llamaron enemigo o servil. Siempre juntos, comunicación y propaganda, uña y mugre, carne y sebo, sangre y sudor, manipulación, manipulación y más manipulación. Volviendo lo útil en inútil. Sudando sangre desde los trabajos, no importan si son minas o mineros de carbón, uranio u oro; fábricas o peones de industrias, talleres, oficinas, ambulantes de comida o molientes; no importa, siempre sudando sangre, desde su esperanza, sus sueños y bienestar, hasta la dignidad.
El filósofo Enrique Dussel, ya lo decía en sus clases de ética, pero antes lo fijó en su libro Filosofía de la liberación: El capital en su racionalidad se ha vuelto irracional y nos lleva al suicidio colectivo. La tasa de ganancia
El ser humano es el más cruento de todos los seres sobre la Tierra. Representa el 0,01% de las especies vivas del planeta, sin embargo consume, mejor dicho depreda como ningún animal, seis veces más de la existencia planetaria.



