España toca el cielo
El título confirma la grandeza de la Roja y queda pendiente sobre quién representa realmente a las naciones en el fútbol global.
España celebró un nuevo campeonato mundial y añadió una segunda estrella a su camiseta. Al mismo tiempo, el torneo pareció despedir definitivamente a Lionel Messi de la máxima cita del fútbol. La imagen del capitán argentino junto a Donald Trump dio pie a innumerables comentarios y supersticiones entre los aficionados, aunque el desenlace deportivo obedeció, sobre todo, a lo ocurrido en la cancha. La eliminación argentina también alimentó paralelos políticos entre quienes ven en el fútbol un espejo de las frustraciones que hoy atraviesa el país bajo el gobierno de Javier Milei.
Argentina nunca encontró el rumbo. Su seleccionador transmitió la sensación de un estratega que apostó todas sus fichas a un único caballo ganador, Messi. Y si el plan depende casi exclusivamente del genio de un jugador, el margen para el fracaso se estrecha peligrosamente.
Lo cierto es que el llamado deporte rey se ha convertido en el mayor escaparate de la globalización. Las camisetas siguen representando banderas, aunque las plantillas reflejan un fenómeno mucho más complejo entre migraciones, dobles nacionalidades, academias internacionales y mercados deportivos que reclutan talentos.
Entonces vemos que numerosos futbolistas de origen africano defienden los colores de potencias europeas. Para algunos es la culminación de una historia de integración y oportunidades, para otros, una consecuencia de las profundas desigualdades entre países. Como los gladiadores, éstos aparecen entregando hasta la última gota de sudor por una bandera distinta a la de sus ancestros. La comparación puede resultar provocadora, pero invita a reflexionar sobre las relaciones entre deporte, poder y oportunidades. La discusión sobre identidad tampoco es nueva. Recientemente el expresidente español, Mariano Rajoy afirmó que la selección francesa era "un buen equipo, pero sin franceses", comentario que generó una fuerte polémica y fue ampliamente criticado por ese implícito tufillo racista.
El profesionalismo hace tiempo que desplazó el romanticismo deportivo. El objetivo ya no es únicamente jugar bien, sino ganar. Los clubes y las selecciones buscan el mejor talento disponible, mientras las fronteras deportivas se vuelven cada vez más difusas. No es un fenómeno exclusivo del fútbol, responde a una lógica competitiva que atraviesa prácticamente todo el deporte moderno.
Estados Unidos, donde históricamente el fútbol ha estado por detrás del baloncesto, el fútbol americano o el béisbol en popularidad, volvió a demostrar su poder al albergar otra Copa del Mundo, consolidando su influencia en los grandes espectáculos deportivos. México y Canadá fueron los periféricos de la organización, pues el peso recayó sobre territorio estadounidense, mientras otros países siguen esperando la oportunidad de convertirse en sede.
Hasta los himnos dejaron un contraste llamativo. El español, no tiene letra solo una melodía con sabor a ucase que se escucha en silencio junto a la proclama del rey. El argentino, en cambio, volvió a ser entonado con fuerza por jugadores e hinchas, recordando que, incluso en un fútbol cada vez más globalizado, los símbolos nacionales siguen despertando emociones difíciles de reemplazar. Al final, quizá esa sea la mayor paradoja del deporte rey, cuanto más popular se vuelve, más intensa parece la necesidad de aferrarse a una identidad.




