Cada 28 de julio los peruanos recordamos la proclamación de la independencia realizada por José de San Martín en 1821. Las plazas se llenan de banderas, los desfiles evocan el orgullo nacional y las familias celebran una fecha que simboliza el nacimiento de la República. Sin embargo, la historia también nos invita a una reflexión más profunda y pensar si somos un pueblo plenamente libre
A lo largo de dos siglos de vida republicana, diversos intelectuales peruanos sostuvieron que la emancipación quedó inconclusa. Cambiaron las autoridades y las instituciones, pero muchas estructuras sociales heredadas del virreinato sobrevivieron bajo nuevas formas. La desigualdad, la discriminación y la dificultad para construir un proyecto nacional compartido siguen apareciendo como desafíos permanentes.
Uno de los pensadores que mejor explicó esta realidad fue Gonzalo Portocarrero. En La urgencia por decir "nosotros", sostuvo que el Perú aún carga con los "fantasmas" de la colonia; la obsesión por las jerarquías, la persistencia del racismo y la fragmentación social que impide reconocernos como miembros de una misma comunidad nacional. Para el sociólogo, la verdadera misión de la República consiste en construir un "nosotros" inclusivo, donde todos los peruanos compartan la certeza de poseer igual dignidad, derechos y oportunidades.
En esa búsqueda de una nación auténtica, Portocarrero recupera el legado de pensadores fundamentales como Manuel González Prada, José Carlos Mariátegui y José María Arguedas, sin dejar de reconocer el testimonio visual de Pancho Fierro, quien retrató con agudeza las contradicciones sociales de la República. Cada uno, desde distintos lenguajes, entendió que el país no podía edificarse ignorando a su mayoría indígena ni negando la riqueza de sus culturas ancestrales.
Especial relevancia adquieren José Carlos Mariátegui y José María Arguedas, considerados los pilares de un pensamiento nacional que situó al mundo andino en el centro de la construcción republicana. Mariátegui, en sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, afirmaba que el Perú era una "nacionalidad en formación". Su célebre propuesta de "peruanizar el Perú" implicaba comprender que el problema indígena era inseparable de la concentración de la tierra y de la exclusión social. En lugar de copiar modelos extranjeros, propuso un socialismo arraigado en la experiencia histórica de los ayllus y en las formas solidarias de organización de los pueblos andinos.

Arguedas llevó esa reflexión al terreno de la literatura y de la sensibilidad humana. En novelas como Los ríos profundos y Todas las sangres hizo visible un Perú que durante mucho tiempo permaneció oculto para las élites urbanas. Su célebre expresión "un país de todas las sangres" no fue un simple recurso literario, sino una propuesta de convivencia donde las distintas tradiciones culturales dialogaran en condiciones de igualdad, sin complejos de inferioridad ni prejuicios heredados.
La dependencia cultural, la admiración acrítica por lo extranjero o el menosprecio de lo propio pueden convertirse en expresiones de una colonización menos visible, pero igualmente profunda. No se trata de rechazar el diálogo con el mundo, que siempre enriquece, sino de hacerlo desde una identidad segura de sí misma y consciente de su extraordinaria diversidad.
Cada aniversario patrio debería ser, entonces, mucho más que una ceremonia oficial. Es una oportunidad para preguntarnos qué República queremos legar a las próximas generaciones. La independencia se honra no solo recordando el pasado, sino construyendo un país donde la justicia, la igualdad, el respeto por todas las culturas y la confianza en nuestras propias capacidades dejen de ser aspiraciones para convertirse en una realidad cotidiana. Solo entonces podremos decir, con pleno sentido, que el Perú terminó de conquistar la libertad que proclamó aquel histórico 28 de julio.



