La competencia entre Washington y Pekín no se desarrolla únicamente en el terreno militar y económico. La obtención y protección de información estratégica constituye uno de sus frentes más sensibles.
El golpe que Washington tardó en comprender
Hay derrotas militares que se anuncian con ejércitos derrotados, ciudades ocupadas o tratados de capitulación. Las derrotas del espionaje son diferentes. No tienen banderas, desfiles ni fotografías de soldados vencidos. Se producen en silencio: un teléfono que deja de contestar, un informante que desaparece, una reunión que nunca ocurre, una fuente que súbitamente deja de entregar información.
Eso fue lo que comenzó a suceder en China alrededor de 2010. Una tras otra, las fuentes humanas que la Agencia Central de Inteligencia estadounidense había conseguido cultivar durante años comenzaron a desaparecer. Algunas fueron detenidas; otras dejaron de comunicarse; varias habrían sido encarceladas y, según investigaciones periodísticas y testimonios de antiguos funcionarios estadounidenses, algunas fueron ejecutadas. Las estimaciones sobre el número de afectados varían, pero se ha hablado de aproximadamente 18 a 20 informantes y, en otras versiones, de cerca de 30 o incluso más.
Lo extraordinario no fue solamente la magnitud de la pérdida. Fue la velocidad. Una red construida durante años quedó prácticamente desarticulada en un período relativamente corto. Y durante algún tiempo la propia CIA no sabía exactamente cómo había ocurrido. ¿Había penetrado China los sistemas de comunicación de la agencia? ¿Había descubierto sus procedimientos? ¿Existía un topo dentro de la CIA? ¿O se habían producido ambas cosas simultáneamente?
La pregunta adquiere mayor importancia si se recuerda el contexto. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Washington había concentrado enormes recursos de inteligencia en Afganistán, Irak, Irán, Al Qaeda y posteriormente el Estado Islámico. Mientras Estados Unidos combatía en Medio Oriente, China crecía a una velocidad extraordinaria, modernizaba sus Fuerzas Armadas y ampliaba su influencia económica y diplomática.
Washington sabía que aquella transformación terminaría convirtiendo a China en su principal competidor estratégico. Por eso la CIA necesitaba conocer qué ocurría detrás de las puertas cerradas del Partido Comunista Chino: programas militares, misiles, tecnologías estratégicas, capacidades cibernéticas y decisiones de los círculos superiores del poder.
Para conseguirlo, la agencia había construido una red de fuentes humanas formada por funcionarios, investigadores, ingenieros y personas con acceso privilegiado a información estatal. No eran necesariamente grandes espías de película. Muchas veces entregaban pequeñas piezas de información que, reunidas por los analistas, permitían reconstruir el funcionamiento de una potencia prácticamente inaccesible para los servicios occidentales.
La historia de China conduce primero a Irán. Para comunicarse con sus fuentes en países donde una reunión física podía significar la muerte, la CIA comenzó a utilizar páginas web que aparentaban ser sitios completamente normales.
Podían parecer páginas dedicadas al fútbol, videojuegos, fotografía, entretenimiento o cualquier otro asunto cotidiano. Para un usuario común eran simples páginas de internet. Para un informante de la CIA podían convertirse en una puerta secreta de comunicación.
El sistema tenía una lógica ingeniosa: mediante determinadas credenciales y procedimientos, una persona autorizada podía acceder a funciones que permanecían invisibles para los visitantes ordinarios. De esa manera, un informante podía comunicarse con su controlador sin necesidad de portar equipos especiales o encontrarse físicamente con un agente estadounidense.
La solución parecía brillante para una época en la que internet todavía era relativamente joven. El problema fue que la misma tecnología que permitía ocultar las comunicaciones podía terminar dejando huellas.
Investigaciones posteriores señalaron que numerosas páginas presentaban semejanzas técnicas: estructuras de código, patrones, servidores y otros elementos que podían permitir establecer conexiones entre sitios aparentemente independientes. Una vez localizada una página, un servicio de inteligencia suficientemente competente podía intentar encontrar otras que compartieran características similares.
El descubrimiento transformó una página aislada en toda una red
Y aquí aparece una figura poco conocida, John Rady, un contratista vinculado a operaciones de inteligencia en Medio Oriente. Según relatos posteriores, Rady advirtió que el sistema presentaba vulnerabilidades y habría formulado numerosas recomendaciones para corregirlas. Sus advertencias, según su versión, no fueron atendidas adecuadamente.
Irán consiguió desarticular redes vinculadas a la CIA y detener a informantes. Algunos fueron condenados y otros sufrieron destinos mucho más graves. En inteligencia, un sistema aparentemente sofisticado puede convertirse en una trampa si deja suficientes huellas para que el enemigo reconstruya su arquitectura.
Pekín entra en escena
Cuando las fuentes estadounidenses comenzaron a desaparecer en China, algunos investigadores consideraron que podía existir una relación entre ambos episodios. No existe una prueba pública definitiva que permita afirmar que Irán entregó a China el conocimiento sobre las comunicaciones clandestinas de la CIA. Tampoco puede descartarse que los servicios chinos descubrieran por sus propios medios las vulnerabilidades.
Pero China contaba con una enorme capacidad para analizar comunicaciones, patrones y comportamiento. Una vez identificada una infraestructura utilizada por la CIA, seguir las huellas podía convertirse en un trabajo sistemático de contrainteligencia.
Los informantes comenzaron a desaparecer uno tras otro. Para los oficiales estadounidenses encargados de manejarlos, aquello debió tener una dimensión particularmente aterradora: cada silencio podía significar que una fuente había sido descubierta; cada comunicación interrumpida podía indicar que alguien estaba siguiendo la red.
Y entonces apareció una segunda hipótesis, todavía más peligrosa: un topo dentro de la propia CIA.
El hombre que sabía demasiado
La investigación condujo finalmente a Jerry Chun Shing Lee, un antiguo oficial de la CIA nacido en Hong Kong, criado en Hawái y con experiencia militar antes de incorporarse a la agencia en 1994.
Lee tenía una característica especialmente valiosa para la CIA: hablaba mandarín y conocía la cultura china. Como oficial de caso había trabajado precisamente en operaciones relacionadas con fuentes humanas. Eso significaba que conocía procedimientos, métodos de comunicación y, potencialmente, identidades.
Cinco años después, en 2012, investigadores estadounidenses lo hicieron regresar a Hawái mediante una operación encubierta relacionada con una supuesta oportunidad laboral. Durante el registro de su habitación encontraron dos cuadernos con información extremadamente sensible: nombres, teléfonos, lugares de encuentro y otros datos vinculados con operaciones de inteligencia. También encontraron material clasificado.
La sospecha adquirió entonces otra dimensión
Lee no era simplemente alguien que había tenido acceso accidental a secretos. Había trabajado precisamente en el área que estaba siendo investigada: la construcción y administración de redes de informantes.
Después de años de investigación, fue acusado de conspirar para entregar información relacionada con la defensa nacional estadounidense a un gobierno extranjero. En 2019 se declaró culpable y recibió una condena de 19 años de prisión.
Para una parte de la comunidad de inteligencia estadounidense, el caso ofrecía una explicación. Pero para otros quedaban demasiadas preguntas abiertas.
Un topo, el error monumental.
Si Lee había entregado información a China, podía explicar cómo Pekín obtuvo determinados nombres y procedimientos. Pero resulta más difícil explicar por sí solo la velocidad y amplitud de la destrucción de la red.
Por otro lado, si todo fue consecuencia de las vulnerabilidades de los sistemas de comunicación, queda una conclusión igualmente incómoda: la CIA habría construido durante años una infraestructura que permitió al adversario encontrar las huellas de sus propios espías.
Un topo podía entregar información que facilitara la identificación de fuentes. Una vulnerabilidad tecnológica podía permitir comprobar y ampliar esa información. Una vez que los servicios chinos comenzaron a cruzar nombres, comunicaciones, movimientos y relaciones, la red podía caer como una estructura de dominó.
Y aquí aparece una de las grandes paradojas de la inteligencia moderna: la tecnología diseñada para proteger el secreto puede convertirse en la herramienta que lo destruye.
La derrota que no necesitó una guerra
La historia de la red china de la CIA resulta especialmente significativa porque muestra cómo ha cambiado la naturaleza del poder.
Durante la Guerra Fría, la competencia entre Washington y Moscú dependía de satélites, agentes dobles, micrófonos, documentos robados y encuentros clandestinos. En el siglo XXI apareció un nuevo campo de batalla: los sistemas digitales.
China no necesitaba derribar un avión estadounidense ni enfrentarse militarmente a la CIA. Bastaba con descubrir cómo se comunicaban sus adversarios, identificar sus vulnerabilidades y convertir los rastros digitales en inteligencia.
La pérdida de una red humana tiene además una consecuencia que no puede medirse únicamente en el número de agentes capturados. Construir una fuente confiable dentro de un gobierno extranjero puede tomar años. Hay que identificarla, comprobarla, establecer confianza, protegerla y mantenerla operativa.
Cuando esa fuente desaparece, no desaparece solamente una persona. Desaparece también el acceso a una parte del conocimiento que esa persona podía proporcionar.
Por eso, el episodio de 2010-2012 fue mucho más que una colección de arrestos. Fue un golpe contra la capacidad estadounidense de saber qué estaba ocurriendo dentro de China.
Y quizá esa sea la verdadera dimensión de aquella derrota: por un período, Washington no solamente perdió espías; perdió ojos y oídos dentro de una potencia que estaba convirtiéndose en su principal rival estratégico.
La historia tampoco puede reducirse a una victoria tecnológica china ni a la supuesta genialidad de un único infiltrado. Lo ocurrido parece mostrar algo más inquietante: en el espionaje, la vulnerabilidad más peligrosa puede surgir de la combinación entre tecnología defectuosa, burocracia, exceso de confianza y traición humana.
China pudo haber aprovechado las huellas digitales dejadas por la CIA. Pudo haber contado con información procedente de un antiguo funcionario estadounidense. Pudo haber utilizado sus propias capacidades de contrainteligencia. Y es posible que todos esos factores confluyeran.
Quince años después, todavía existen zonas oscuras
Eso es precisamente lo que hace que este episodio resulte tan importante. Porque mientras Washington y Pekín compiten por tecnología, inteligencia artificial, semiconductores, poder militar y dominio geopolítico, aquella antigua batalla secreta recuerda una regla elemental del espionaje: quien controla la información no necesariamente gana la guerra, pero quien deja de tenerla empieza a combatir a ciegas.



