¿Y ahora qué?
¿Cómo quedarán sus juicios, componendas, odios y alegrías? ¿Y, cómo proseguirán éstos desde su investidura como presidenta de la República?
Keiko Sofía Fujimori Higuchi ha ganado las elecciones con los "cruciales" votos del extranjero legalizando 49,641 votos de diferencia con Roberto Helbert Sánchez Palomino.
Según la ONPE, en territorio peruano Keiko Fujimori obtuvo 9.028.008 que equivale al 49,912% del total de la votación nacional, e inocente Sánchez obtuvo 9.060.022 igual al 50,088% de la votación.
Lo preocupante del resultado electoral, que se oficializa el próximo 28 de julio de 2026, es el progresivo deterioro del juicio moral de nuestra sociedad. Hubo un tiempo en que el apellido era un patrimonio que se honraba y distinguía la conducta de una familia. Hoy esa noción parece haberse debilitado.
La gente a la que elegimos hace lo que quiere, sin más moral que la suya, al estilo Trump que amenaza, presiona y secuestra al presidente de Venezuela, convencido de que el poder le da derecho a decidir sobre otros pueblos. Ningún país está a salvo de ese razonamiento. Trump habla de sumar estados el 51, 52..., como si las fronteras fueran un asunto de voluntad.
Sí, hoy la señora Fujimori obtiene el poder... pero ¿a qué precio?
Estamos en una situación en la que las élites se desmoronan intelectualmente. Los peores se hacen con el gobierno y cuando estos desaparecen, buscamos a alguien todavía peor. Es un sistema que surge del entorno corrupto, el dinero y el poder que atraen hacia las malas conductas. La corrupción es tan común que parece una "ley natural" imposible de romper.
Una mayoría ha confiado nuevamente el destino del país a una opción política cuyo apellido evoca uno de los períodos más nefastos de la historia reciente. Es natural que existan ciudadanos que valoren determinados resultados económicos o las acciones contra el terrorismo durante la década de 1990, así como reconocer el derecho soberano de cada peruano a elegir libremente.
La elección de un gobernante no constituye una absolución de los hechos del pasado ni una licencia para repetir errores. Debería representar un compromiso con el fortalecimiento institucional, la independencia de los poderes del Estado, la transparencia en el manejo de los recursos públicos y el respeto irrestricto a los derechos fundamentales.
Resulta indispensable preservar la autonomía de las decisiones nacionales. Las relaciones con las grandes potencias deben sustentarse en el respeto mutuo y la defensa de los intereses permanentes del país. Por ello, cualquier percepción de injerencia externa en el proceso electoral merece una "mano de hierro en guante de seda". La política peruana no puede depender de respaldos foráneos ni de preferencias geopolíticas ajenas a la soberanía.
El país continúa con una economía dependiente de la exportación de materias primas, una industrialización postergada, un transporte sin trenes, un sistema educativo rezagado, escasa inversión en ciencia y tecnología, instituciones vulnerables a la corrupción y un Estado que no llega a millones de peruanos.
Necesitamos políticas de Estado sostenidas, una reestructuración de la educación, una estrategia de industrialización con valor agregado desde los minerales hasta la fabricación de nuestros propios equipos bélicos, el fortalecimiento de la salud y la vivienda, y por supuesto, una justicia independiente que actúe con el mismo rigor frente a la violencia y toda forma de corrupción.
La historia juzgará al nuevo gobierno por sus resultados, pero también a la ciudadanía por la calidad de sus decisiones. Una democracia se sostiene con el derecho al voto y con ciudadanos críticos, informados y vigilantes. El Perú no necesita más caudillos ni salvadores, necesita instituciones fuertes, memoria histórica y una visión nacional que coloque el interés de las próximas generaciones por encima de las próximas elecciones.
Felipe Burga Delgado
Director de La Batuta
Revista Peruana Pluriversal




